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Imagina que estás cruzando la calle, pensando en cosas que te han pasado o en cuestiones que tienes que hacer después, bajas el primer pie de la acera y en ese momento te das cuenta de que un coche está prácticamente encima de ti.

Automáticamente das un salto hacia atrás.

“Uff, ha estado cerca”.

¿Quién no se ha visto alguna vez en una situación parecida?

¿Qué nos pasa cuando empezamos a reaccionar de manera rápida e impulsiva en situaciones que requieren pausa y reflexión?

En el ejemplo anterior, reaccionamos de manera automática al coche que está a punto de atropellarnos y esto nos salva la vida. A nadie se le ocurriría, en un momento así, parar a considerar las posibles elecciones que tenemos en esa situación, el coche nos atropellaría antes de poder decidir nada.

Las reacciones pueden producirse a gran velocidad y son de gran ayuda en entornos que, de alguna manera, amenazan nuestra integridad.

Ahora, te invito a que te imagines durante cualquier día en el trabajo. Estás tranquilo, centrado en lo que estás haciendo y de repente ves venir a tu jefe gritando tu nombre y con cara de pocos amigos. Quedaría bien dar un salto atrás, como en el caso del coche? Estaría bien visto salir corriendo? En este caso reaccionar no nos salva la vida sino que nos la complica. Hay muchos momentos de nuestra existencia que no requieren un comportamiento automático si no reflexivo.

En este último caso, hay que procesar la información (jefe enfadado) para comprender el mensaje, tomar consciencia de la cascada de eventos internos que se producen (preocupación, miedo, inquietud, alteración del ritmo cardíaco, etc), sostenerlos de manera adecuada y en función de todo esto dar una respuesta ajustada a la situación.

Pero, ¿qué pasa cuando empezamos a reaccionar de manera rápida e impulsiva en situaciones que requieren pausa y reflexión? Con el paso del tiempo y la repetición vamos automatizando algunas formas de relacionarnos en la pareja, con los amigos o la familia, en el trabajo, etc, que no nos ayudan a manejarnos de manera ajustada, llegando a comportarnos de forma torpe e inapropiada. ¿Cuántas veces nos hemos arrepentido de algo que dijimos o del modo en el que lo dijimos?; y, ¿cuántas hemos deseado haber actuado de manera distinta? “Si hubiese hecho”, “si no hubiese dicho”, “si me hubiese esperado” y así un largo etc.

En una sociedad llena de prisas e impaciencia, se hace imprescindible aprender a parar, buscar la opción justa y expresarla adecuadamente. Estar a merced de nuestras reacciones emocionales empobrece el vivir llenándolo de impotencia, frustración y culpa. Por el contrario, buscar la respuesta desde la calma nos da confianza y satisfacción, mejorando la autoestima y el auto-concepto, a la vez que nuestras relaciones.

Te propongo parar unos minutos y realizar la siguiente actividad:

Piensa en una situación con la que te preocupa enfrentarte y trata de imaginar cómo te ves desenvolviéndote en ella. Ahora observa:

  • ¿Qué emociones, pensamientos y sensaciones están apareciendo?
  • ¿Qué haces para manejarlas?
  • ¿Cómo te estás expresando? ¿Qué palabras y que tono estás utilizando?
  • ¿Te gusta la manera en la que has abordado la situación?

Si la respuesta a esta última pregunta es “no”, trata de imaginar ahora qué te gustaría hacer y decir; prueba a adoptar un tono tranquilo y a elegir las palabras adecuadas. Imagina que a pesar de experimentar las mismas emociones difíciles e incómodas, decides actuar de manera diferente, respondiendo con consciencia e intención. ¿Cómo te sientes ahora?

A veces, no es suficiente con tener buena voluntad para cambiar y adoptar una actitud más presente, pero siempre podemos buscar la ayuda de un profesional que nos oriente y acompañe en el aprendizaje de estas habilidades tan necesarias para nuestro bienestar.

¿Y tú?

¿Reaccionas?

¿O respondes?

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